Columns

Solidaridad al enfrentar violencia

Originally Appeared in : 9815-7/19/18

Una mancha de color rojo oscuro sobre el pavimento me llamó la atención al caminar con el párroco del área mientras me mostraba el vecindario. El párroco notó mi repentina atención hacia la mancha y dijo tranquilamente como si hablara de un viaje a la playa, “pobre muchacho, ayer lo mataron”. Me quedé aturdido. ¡La mancha era de sangre! El párroco continuó explicando que este joven era el guardia del barrio y siempre estaba parado junto a la reja situada en la única entrada a la vecindad. El joven había rechazado constantemente la entrada en el área a miembros de pandillas que vendían drogas, así que lo mataron. Dejó una joven viuda y una pequeña niña.

 

Durante mi breve estadía en El Salvador para la beatificación de Monseñor Romero aprendí sobre la desenfrenada violencia sentida por los ciudadanos de ese país. Ver la sangre de un joven el primer día fue una escalofriante introducción a esta realidad. Aprendí acerca de niños reclutados por pandillas y cárteles de narcotraficantes, de niños que tienen que caminar por un largo camino para asistir a la escuela y evitar ciertos vecindarios, secuestros, y un sinnúmero de muertes de hombres y mujeres inocentes que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Aprendí que las pandillas más grandes presentes en El Salvador fueron fundadas en los Estados Unidos, principalmente en Los Angeles por los hijos de salvadoreños desplazados durante la guerra civil.

 

Después de haber vivido una guerra civil terriblemente debilitante de 1980 a 1992, la violencia experimentada durante estos años sigue causando estragos en la sociedad. El país tiene una de las tasas de homicidio más altas del mundo y está entre los lugares más violentos. Desafortunadamente los Estados Unidos desempeñó un papel significativo en el deterioro de esta sociedad en la década del 80 al aportar miles de millones de dólares apoyando a un gobierno respaldado por el ejército que no sólo mató a guerrilleros izquierdistas, sino que también mató a incontables ciudadanos inocentes con tácticas de tierra quemada.

 

De la misma manera que el mundo recientemente siguió ansiosamente cada paso del rescate de doce jóvenes tailandeses atrapados en una cueva, como desearía que el mundo también siguiera de cerca la violencia sin sentido presente no sólo en El Salvador, sino en Centroamérica. Así como el mundo unió sus fuerzas para rescatar a los niños tailandeses sin limitar gastos, ¿cómo podría el mundo unirse para rescatar a millones de niños atrapados en un ciclo de violencia que no sólo reduce sus oportunidades, sino que a menudo los aplasta y mata?

 

Puede ser fácil desestimar este sufrimiento extremo, o culpar a alguna persona o institución por él. Podemos decir que es problema de alguna otra persona. Es fácil mirar hacia el otro lado, volviéndose severo y cruel ante tal dolor. Cuando veo el cuerpo del niño sirio de tres años, Alan Kurdi, muerto a orillas del mar Mediterráneo, cuando leo a cerca del niño hondureño Johan de tan solo un año, separado de su padre al cruzar la frontera teniendo que representarse a sí mismo ante una corte de inmigración de los Estados Unidos (sí, un niño de solo un año), cuando veo una mancha de sangre en la calle de un barrio y todo sigue como si nada, siento un gran dolor y veo la necesidad de hablar en nombre de los sufrientes. Esta es la solidaridad de la cual el Papa Juan Pablo II hablaba a menudo, la solidaridad que nos recuerda que todos pertenecemos a la misma familia humana, comprometiéndonos con el bien común; el bien de todos y de cada individuo, ya que somos responsables de todos. La violencia que devasta Centroamérica debe ser abordada, y el punto de partida puede que sea corazones compasivos en aquellos que son capaces de forjar una diferencia.

 

Padre Pablo Migone, es Canciller de la Diocesis de Savannah y reside en la Catedral de San Juan Bautista, Savannah.

Go to top