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La herencia hispana en estos tiempos difíciles

Originally Appeared in : 9821-10/11/18

Al llegar nuevamente el mes de la herencia hispana, los escritos del fallecido novelista mexicano Carlos Fuentes tienen relevancia especial.

 

En un bello libro titulado “El Espejo Enterrado,” publicado en 1992 para el quinto centenario, Fuentes advirtió: “Debemos recordar que la humanidad en un entonces no existía en nuestro continente. Todos nosotros venimos de otros lugares, empezando con las tribus nomaditas de Asia que fueron los primeros norteamericanos”. 

 

Después llegaron los españoles cuyo imperio extendía en un arco enorme desde la costa oeste hasta el territorio que hoy es el estado de Oregon. Por fin los Estados Unidos se apoderaron de esos vastos territorios cuando se terminó la guerra con México en 1848.

 

“Así es que en mundo hispano no vino a Estados Unidos; los Estados Unidos llegaron al mundo hispano”. De hecho, eso es lo que pasó con ambos de mis antepasados maternos y paternos. Cuando ellos llegaron a Nuevo México en 1693 simplemente migraron de una parte del territorio español a otra. Recibieron ciudadanía norteamericana por el Tratado de Guadalupe-Hidalgo terminando la guerra mexicana en 1848.

 

Desde épocas inmemoriales, escribió el historiador Carey McWilliams, migrantes caminando por los más antiguos senderos de Norte América han cruzado en ambos rumbos territorio que hoy es la frontera mexicana. Buscaban sobrevivir, y todavía lo hacen, viniendo de México, Centro y Sur América, Cuba y Puerto Rico y el resto del Caribe; China, África y otras partes del mundo. Es la historia de la humanidad desde que el primer humano surgió en África.

 

Cuando el migrante latino cruza la frontera y encuentra un ambiente familiar, se pregunta, en las palabras de Fuentes: “¿No es en cierto modo nuestro? Puede saborearlo, oír su idioma, cantar sus canciones, y orar a sus santos”. Fuentes pensaba que era justicia poética que el mundo hispano regrese, ambos a los Estados Unidos y a su herencia ancestral en el hemisferio occidental.

 

Eso, de hecho, es lo que está pasando, con el resultado, escribió Fuentes, que Los Ángeles es la segunda ciudad más grande en el mundo que habla español, después de la Ciudad de México. San Antonio ha sido una ciudad bilingüe por más de 150 años. Y debido a la grande población cubana en la Florida, uno puede superarse sin hablar el inglés.
Si no es actualmente, los hispanos pronto van a ser la mayoría de los católicos en Estados Unidos. Muestran, según Fuentes, “no solo el catolicismo, pero algo como un profundo sentido de lo sagrado, reconocimiento de que el mundo es bendito, que es probablemente la más profunda certitud en el mundo amerindio”.

 

Fuentes vio la diversidad latina como un don. “¿Hay alguien mejor preparado para hacer frente al interrogante central del otro que los españoles, los hispanoamericanos, los hispanos en Estados Unidos”? Porque, como escribió, somos indígenas, negros, europeos, ibéricos, y griegos, romanos, y judíos, góticos y gitanos. El vio a España y al “nuevo mundo” como centros donde múltiples culturas se reúnen — para incorporar, no para excluir. “Cuando nos excluimos, nos traicionamos. Cuando incluimos, nos descubrimos”. 
Fuentes también era migrante quien regularmente daba conferencias y enseñaba en la Universidad de Notre Dame, donde lo conocí.

 

¿Pero que vería el autor para celebrar nuestra herencia en estos tiempos difíciles para nuestra cultura? Sugeriría celebrar la diversidad de la cultura, “el sentido indígena del sagrado, comunidad y la determinación de sobrevivir, el legado de ley, filosofía y los ramos cristianos, judíos y árabes que constituyen las diversas razas de España”.

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