Columns

La grandeza y simplicidad de Dios

Originally Appeared in : 9821-10/11/18

Hoy hace diez años salí silenciosamente en procesión de la sacristía de la Basílica de San Pedro portando un alba blanca e ingresé tranquilamente a la majestuosa iglesia por el lado sur. Al acercarme junto con mis compañeros hacia el altar para nuestra ordenación diaconal, vi a más de mil personas reunidas para ser parte de esta gran ocasión. Monseñor William Callahan, ex director espiritual del seminario y en aquel momento obispo auxiliar de Milwaukee, nos ordenó invocando el Espíritu Santo sobre nosotros y colocando sus manos sobre cada una de nuestras cabezas.

 

Tanto la basílica como la espectacular ceremonia pueden hacer difícil recordar que todo diacono y sacerdote está llamado a imitar la simplicidad de vida del carpintero de Galilea quien no tenía donde recostar su cabeza. La Iglesia vive constantemente en una tensión equilibrando la grandeza y la maravilla de un Dios que es eterno y omnipotente quien se manifiesta parcialmente por medio de la grandeza y el esplendor de la Basílica de San Pedro con la sencillez y el silencio que Dios mismo ha manifestado por medio de la pobreza de Belén y la vida ordinaria de Nazaret.

 

La predicación, espiritualidad y arquitectura de la Iglesia, junto con muchos otros elementos, han sido influenciadas a lo largo de los siglos por esta tensión. Durante ciertos momentos históricos algunos han favorecido un aspecto sobre el otro: la simplicidad al punto de negar la grandeza, o la grandeza al punto de negar la simplicidad. Pero si ambas expresan diferentes dimensiones de Dios, ¿por qué no permitir que las dos estén presentes en la vida de la Iglesia? La presencia de la paradoja está en el corazón de nuestra fe cristiana y este tema no es una excepción.

 

En su Vía Pequeña, Santa Teresita del Niño Jesús descubrió que las diferencias encontradas entre las almas pueden compararse a la gran diversidad que existe entre las flores, las almas son el jardín vivo del Señor. “Comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez... comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas... y así pues es el mundo de las almas, el jardín vivo del Señor.” Una flor fantásticamente creada no puede expresar totalmente la naturaleza de Dios, pero Dios ha creado una gran variedad de flores donde cada una captura una dimensión de quien él es. Una simple margarita revela lo que una hermosa orquídea no puede y viceversa.

 

Considerando estas observaciones de Santa Teresita, pienso que la grandeza y la sencillez de Dios revelan cada una un aspecto de Dios que la otra es incapaz de revelar. Ambas hablan de quién es Dios y cómo él ha escogido revelarse a nosotros, y enfocándose totalmente en una al punto de ignorar la otra es un tremendo error. Se debe mantenerse un equilibrio. Elegir una sobre la otra exclusivamente sería como erradicar todas las flores de la tierra salvo una – y esto sería una trágica pérdida.

 

Go to top