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Un camino de confianza

Originally Appeared in : 9923-11/7/19

Hace unos años conocí a un joven novicio que se preparaba para ser sacerdote jesuita. Lo recuerdo bien porque estaba en medio de un gran viaje que me habría resultado imposible emprender. Después de completar su primer año de estudios le entregaron un boleto de autobús hacia Macon, Georgia. Nunca había estado allí, y su misión era vivir completamente de la bondad y la caridad de los demás sin permanecer en un lugar por más de tres días. En seis semanas necesitaba llegar a San Luis, Missouri. Tenía que lograr esto sin dinero, sin quedarse en hoteles, sin teléfono celular y solo con la ropa que llevaba puesta.

 

Cuando llegó a Macon caminó desde la estación de autobuses hasta la parroquia más cercana. Después de que le dieron un sándwich en la iglesia, continuó su camino hacia otra parroquia. Antes de llegar se detuvo en la biblioteca para aprender sobre la historia jesuita de Macon, y mientras estaba allí, conoció a un feligrés de la parroquia hacia donde se dirigía. Este condujo al novicio a la iglesia donde fue bienvenido por tres días.

 

Cuando le conté a mi párroco de este novicio, este respondió inmediatamente: «¡esto es una locura.” Inicialmente me sorprendió su respuesta, pero al considerarlo más, me di cuenta de la locura que era emprender un viaje como este. Confiar incondicionalmente en Dios es una locura, es difícil, pero Dios nunca decepciona. En su providencia Dios sí provee para nuestras necesidades y la experiencia del novicio fue un método extremo para aprender esta lección. El propósito de su viaje fue experimentar personalmente lo que los primeros apóstoles también experimentaron cuando fueron enviados por Jesús hace tantos siglos sin bolsa de dinero, sin bastón, sin comida y sin segunda túnica.

 

Los milagros más sorprendentes suceden donde hay una mayor necesidad, así que milagros más grandes se ven entre los más pobres y necesitados porque a menudo todo lo que tienen es su confianza en la providencia de Dios. Deben confiar incondicionalmente en que el Señor proveerá porque por sí mismos, no obtendrán lo que necesitan.

 

Siempre recordaré lo que me relató un misionero francés mientras visitaba una comunidad religiosa en los Andes del Perú. Este francés estaba a cargo de la granja de un orfelinato donde se producía comida para alimentar a unos 1,000 niños diariamente. Explicó que cada año registra todo lo que se produce y almacena, y que sin falta, cada año, se saca más comida del almacén de lo que se coloca. Él me confesó: “Padre, Dios tiene que proveer, porque si dependemos solamente en lo que producimos, no podríamos alimentar a todos estos niños”. Este hombre confía incondicionalmente en la providencia de Dios, que sin ninguna duda, Dios les dará a los niños lo que necesitan.

 

Este grado de confianza en la providencia de Dios nos libera porque al confiar en Dios todos nuestros temores y nuestras cargas desaparecen. Cuanto más tengamos y logremos, más confiaremos en nosotros mismos y en nuestras propias habilidades. La tentación que surge es creer que somos todopoderosos y que podemos hacer todo por nuestra cuenta. Cuanto más tenemos se hace más difícil confiar en Dios. Viendo esta realidad, Jesús nos pide gentilmente que confiemos en él diciendo: “vengan a mí todos los que trabajan y están agobiados, y yo les daré descanso”.

 

Padre Pablo Migone es Canciller de la Diocesis de Savannah.

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