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El arte de dar regalos

Originally Appeared in : Vol. 100 No. 01, columns, espanol

Nos detuvimos para comprar dulces en una pequeña tienda al lado del camino. La bolsa era excesivamente grande, contenía quizás 100 paletas envueltas individualmente pero no había costado mucho.

Continuamos conduciendo por la pista no pavimentar que cruzaba kilómetro tras kilómetro de campos inmaculados salpicados de cebras, ñus y ocasionalmente una jirafa. El sol comenzaba a ponerse y los verdes, marrones y azules parecían fusionarse bajo la espectacular bola de fuego que había convertido las nubes en oro. Cuando los animales salvajes desaparecían veíamos cabras y vacas pastoreadas por miembros de la tribu Mara, en su mayoría jóvenes y niños.

Nos detuvimos al lado del camino donde dos niños estaban cerca de sus animales, no tenían más de siete años. No había ni un pueblo a la vista. Cuando recibieron de nosotros dos paletas cada uno su emoción fue perceptible. Cada uno estaba cubierto por una tela roja polvorienta con un hermoso patrón de cuadrados negros que los protegía de la brisa fresca de la tarde, y sus pies estaban envueltos en sandalias negras gastadas. Uno de los niños alzó la vista hacia nuestro conductor e intercambiaron algunas palabras en su idioma. La mirada del niño cambio rápida y significativamente – parecía estar terriblemente decepcionado. Mientras nos alejábamos, el conductor comentó: "preguntaron si teníamos pan".

Un corazón generoso puede dar regalos libremente pero estos tendrán poco valor si los regalos no son lo que necesitan quienes los reciben. A pesar de que le habíamos preguntado al conductor si sería apropiado comprar dulces para los niños que caminaban al lado del camino y él había respondido que era una buena idea, esta experiencia encapsuló un error clásico y común. Muy a menudo no entendemos las necesidades de los demás porque ni preguntamos ni escuchamos. Es fácil asumir lo que otra persona necesita y la ausencia de preguntar y escuchar fácilmente conduce a consecuencias negativas.

A menudo cuando ocurre una catástrofe como el terremoto en Haití o el tsunami en Indonesia se escuchan historias de donaciones recibidas que no tienen ningún uso: zapatos de tacón alto o abrigos de invierno. Las buenas intenciones deben ser moderadas por la necesidad. Recuerdo leer sobre voluntarios que se presentaron en el aeropuerto de Puerto Príncipe días después del terremoto del 2010. A pesar de su espíritu generoso estas personas se convirtieron en una carga molesta. No había transporte, ni donde alojarse, ni comida para ellos. En un país que luchaba por mantener con vida a sus ciudadanos los voluntarios no cualificados debieron quedarse en casa. El don de su presencia y su deseo de ayudar no fueron bienvenidos. Durante estas últimas semanas se han intercambiado millones de dólares en reglaos y muchos se han sentido agradecidos al recibiros. Sin embargo me pregunto cuántos desearían haber recibido un regalo que realmente necesitaban o querían. Un niño ciertamente se emociona con un nuevo dispositivo tecnológico pero quizás el mejor regalo es tiempo de calidad con sus padres. Una persona de avanzada edad puede apreciar una foto de sus seres queridos, pero el mejor regalo es una visita. El regalo debe corresponder a la necesidad y el que da el regalo debe estar consciente de la necesidad que existe para que el regalo sea aceptado con mayor satisfacción. Durante estos días de Navidad hemos recordado el regalo más grande que Dios Padre nos ha dado: el don de su hijo Jesús que nos ofrece misericordia y salvación. Es un regalo libremente entregado a todos nosotros que necesitamos desesperadamente.

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