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Surrounded by crowds

Originally Appeared in : Vol. 100 No. 03

As Jesus traveled from village to village along the Sea of Galilee, he was met by eager crowds. Some had heard about a rabbi who spoke with authority, while others approached seeking physical healing or the liberation from an evil spirit.

They came to see if they could get something out of the whole spectacle – if just to keep up with the latest gossip in town. “They scurried about the surrounding country and began to bring in the sick on mats to wherever they heard he was. Whatever villages or towns or countryside he entered, they laid the sick in the marketplaces and begged him that they might touch only the tassel on his cloak.”

Some understood the depth of who was before them, while others were looking for some extra bread and fish to eat. One woman who had been ill for many years pushed through the crowd and touched Jesus’ robe. In what appears to be a joke, Jesus says as he is being pushed upon by the vast crowd, “who touched my clothes?” Imagine the baffled look of the disciples as a sea of people is pushing up against Jesus and them. “You see how the crowd is pressing upon you, and yet you ask, ‘Who touched me?’”. The woman identified herself and Jesus confirmed that her faith had healed her.

There is tremendous urgency in the people who approach Jesus. They plead to be healed. They push and shove to get close to him. They attempt the impossible to touch him. The villagers of Galilee knew well that in Jesus, they would find healing and wholeness. “They came bringing to him a person with paralysis carried by four men. Unable to get near Jesus because of the crowd, they opened up the roof above him. After they had broken through, they let down the mat on which the person with paralysis was lying.”

I recently heard someone comment on how those who lived at the time of Jesus were so much more fortunate than us so many years later. The villagers of Galilee were able to learn at his feet and be healed by his touch. Through his death and resurrection, however, Jesus’ presence is no longer limited to the shore of the Sea of Galilee or any other particular place. Jesus lives forever and powerfully manifests himself in the lives of his people and his Church. The truth is that our ability to experience the healing power of Jesus has been augmented, not diminished, by the passing of time. The same Jesus who walked from village to village in Galilee is present to all believers today. The sacraments of the Church are a concrete encounter with Jesus where he truly acts now. When we pray and lift up our needs to him, Jesus is present, listening as we approach him just as thousands of Galileans did chasing after him throughout the countryside.

As those who have gone before us followed Jesus in crowds due to their need, we approach him through prayer and the sacramental life of the Church so that we too may find healing and wholeness.

Father Pablo Migone is Chancellor of the Diocese of Savannah.

Entre la muchedumbre Cuando Jesús andaba de pueblo en pueblo a lo largo del mar de Galilea siempre fue recibido por grandes multitudes. Algunos habían oído hablar de un rabino que enseñaba con autoridad, mientras que otros se acercaban a buscar sanación o la liberación de un espíritu maligno. La mayoría probablemente sólo tenía curiosidad. Venían a ver si podían sacar algo de todo el espectáculo, aunque sólo fuera para mantenerse al día con los últimos chismes de la ciudad. “Empezaron a traer a los enfermos en sus camillas al lugar donde él estaba, y en todos los lugares adónde iba, pueblos, ciudades o aldeas, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que les dejara tocar al menos el fleco de su manto”. Algunos comprendieron la magnitud de quién estaba delante de ellos, mientras que otros solo buscaban algo de pan y pescado para comer. Una mujer que había estado enferma durante muchos años empujó a través de la multitud y llegó a tocar la túnica de Jesús. En lo que parece ser una broma, Jesús dijo en medio de la gran multitud, “¿quién ha tocado mi ropa?” Imagínense la mirada desconcertada de los discípulos al ver un mar de gente presionando hacia Jesús y Jesús haciendo semejante pregunta. “¿Ves cómo te oprime toda esta gente y preguntas quién me tocó?”. La mujer se identificó a sí misma y Jesús confirmó que su fe la había sanado. Siempre parece haber gran urgencia en las personas que se acercan a Jesús. Suplican ser sanados. Empujan sin dar importancia a los demás para acercarse a él. Intentan lo imposible solo para tocarlo. Los campesinos y pescadores de Galilea sabían bien que en Jesús encontrarían sanación e integridad. “Mientras Jesús les anunciaba la Palabra, cuatro hombres le trajeron un paralitico que llevaban tendido en una camilla. Como no podían acercarlo a Jesús a causa de la multitud, levantaron el techo donde él estaba y por el boquete bajaron al enfermo en su camilla.” Hace poco escuché a alguien comentar cómo los que vivieron en la época de Jesús eran mucho más afortunados que nosotros que vivimos siglos más tarde. Los galileos pudieron aprender a sus pies y ser sanados por sus manos. Sin embargo, a través de su muerte y resurrección, la presencia de Jesús ya no se limita a las orillas del Mar de Galilea ni a ningún otro lugar en particular. Jesús vive para siempre y se manifiesta poderosamente en la vida de Su pueblo y de Su Iglesia. La verdad es que nuestra capacidad de experimentar el poder sanador de Jesús ha sido aumentado, no disminuido, con el pasar del tiempo. El mismo Jesús que caminó de pueblo en pueblo en Galilea está presente a todos los creyentes hoy. Los sacramentos de la Iglesia son un encuentro concreto con Jesús donde Él obra en la actualidad. Cuando oramos y elevamos nuestras necesidades a Él, Jesús está presente, escuchando a medida que nos acercamos a Él tal como miles de galileos lo hicieron años atrás. De la misma manera que tantos buscaron a Jesús en desmedidas multitudes debido a su necesidad, nosotros nos acercamos a Él a través de la oración y de la vida sacramental de la Iglesia para encontrar nosotros mismos sanación e integridad. Padre Pablo Migone es Canciller de la Diocesis de Savannah.

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